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viernes, 2 de diciembre de 2016

Maquillaje

Ella todas las mañanas, ya fuese a salir o a quedarse en casa, se maquillaba. Le disgustaba verse la piel desnuda. Pero no era muy coqueta, en realidad, ni había sido algo que hubiese hecho a menudo a lo largo de su vida. Empezaba dándose sombra en un ojo, luego en el otro, se perfilaba el párpado y destacaba sus pestañas con aquel rizador que venía en un estuche que le habían regalado sus amigas del grupo de whatsapp. Después, se pintaba los labios, de rojo o rosa; nunca de morado o púrpura, un color que detestaba. A continuación, se daba una buena capa de maquillaje. Luego, con un cepillo, se ponía colorete, bien de colorete, y, por último, se espolvoreaba la nariz. Ese era, quizá, su momento más feliz del día, su único momento, pues poco después recibía la primera llamada de él.
       —Perdona lo de ayer, estoy frustrado. Tú no lo entiendes, no tienes un trabajo, no sabes lo que es un jefe echándote el aliento en el cogote todo el día.
       —No te preocupes. ¿Vendrás a comer?
       —No lo sé.
       Y colgaba. Pero no tardaba ni una hora en volver a llamar, simplemente para constatar que estaba todo bajo control. Mientras, ella se ocupaba de tener su pequeño mundo en orden. Él casi nunca comía en casa, de manera que ella lo hacía sola, y cuando comía, porque no siempre tenía hambre. “Él antes no era así”, decía a sus amigas por mensaje. “¿Por qué no le dejas?”, le preguntaban. “¿Y qué haría entonces? Le necesito, y, aún con todos sus defectos, le quiero. Y él me quiere pese a esos arranques que tiene. Es de mucho carácter”. “Pero, ¿te ha tocado?”, le decían a veces. “No, eso nunca. Me grita, a veces me llama puta… luego se arrepiente y se disculpa”.
       Por la tarde, después de planchar las camisas para él, se sentaba un rato a ver la tele, aunque siempre decía que ella no la miraba, que sólo la ponía para que le hiciese compañía. Si hubiera tenido hijos… Pero él no quiso, y hasta la obligó a abortar en dos ocasiones. Bueno, tres. “Aquella no cuenta; fue porque tú te marchaste donde tu madre sin decirme nada, y, con el frío, la criatura murió. Tú tuviste la culpa. Y de las otras, también. ¿Por qué no tomaste las pastillas? Qué pasa, ¿que no sabes retener a un hombre sin un hijo de por medio?”
       Él llegaba a eso de las seis. Entraba en casa sin saludar, se tumbaba en su sofá y esperaba a que ella le trajese un café recién hecho y las zapatillas calientes.
       —¿Qué quieres de cenar? —le preguntaba ella.
       —Nada, me voy al bar y pico algo allí.
       Y se marchaba; a veces no volvía hasta las doce o la una, aunque tuviera que levantarse a las siete la mañana siguiente.

       Y así llegaba el peor momento del día para ella. Sí, pese a todo, aquel era el peor. A eso de las diez, frente al espejo, se quitaba poco a poco el maquillaje y contemplaba noche tras noche aquellos moretones que, a veces, le duraban semanas. Los ocultaba bajo una gruesa capa para que nadie los viese, ni siquiera él. Especialmente él.

miércoles, 6 de julio de 2016

El nacimiento de Boluum

"...Hace mucho, mucho tiempo, cuando las estrellas brillaban con más libertad, hubo un rey que conoció, a través de una Anjana, el futuro que le esperaba a su patria.
       Un día de primavera, este rey, llamado Orlard, fue a cazar acompañado de su séquito por los agrestes bosques de Amnorian, el reino que gobernaba desde hacía unos años. Orlard era un cazador mediocre, y persiguió durante un rato a un ciervo al que creía malherido. Horas más tarde, desilusionado por no haber cazado a ese ciervo, quiso regresar con su séquito, pero se había perdido. Cansado ya de buscar, dio con un arroyo, y de pronto tuvo sed.
       Cuando iba a hundir sus manos en el agua para beber, distinguió reflejada en el río la temblorosa imagen de una Anjana que le observaba desde la orilla opuesta. El rey se sobresaltó y se quedó mirándola un rato.
       -¿Quién...quién sois? -preguntó algo nervioso.
       -Soy la Anjana Denice, del río Amno -contestó-, y estáis aquí porque vuestra vida y vuestro reino sufrirán un cambio profundo.
       -Es interesante lo que decís, y me gustaría de veras escucharlo, pero he de encontrar a mi séquito. Estarán muy preocupados.
       -Tranquilizaos. He detenido el tiempo, así que no temáis por este encuentro. Veréis, vuestra esposa la reina dará a luz un hijo en la noche más oscura del año. Ese niño llevará en su mente una misión: cuando sea coronado rey, levantará una gran ciudad allí donde una espada introduzca su filo en una roca. Será una noche en que haya dos lunas iluminando la oscuridad. Antes, la actual capital del reino, Amnorias, caerá en un cruento asedio a manos de los Bárdalos, que descenderán del norte esgrimiendo látigos de fuego.
       -Pero, ¿cómo podré detener esa amenaza? ¿Qué he de hacer?
       -Nada. El Destino ya ha trazado su línea, y un Mortal no puede borrarla. No olvidéis mi predicción, rey Orlard, o de lo contrario vuestro reino caerá en las Tinieblas.
       La Anjana desapareció y Orlard nunca supo más de ella.

       Al llegar la noche más oscura, la reina tuvo un hijo de piel cetrina y ojos negros como las plumas del cuervo. Le llamaron Érgond. Ese niño creció, y con el paso de los años se convirtió en un digno sucesor de su padre.
       Tiempo después, Orlard, que estaba en las puertas de la agonía, llamó a su hijo, al que todavía no había contado lo que le dijo la Anjana.
       -Hijo, hijo mío -dijo con la voz quebrada-, ya eres un hombre, un hombre que pronto será rey de Amnorian. Ha llegado el momento de confesarte algo que llevo callando mucho tiempo, y que debes saber sin más tardar, pues veo la muerte al fondo de esta habitación.
       -¿Qué es, padre?-preguntó impaciente.
       -Verás, hace muchos años...
       Y Orlard le contó todo cuanto sucedió.

        Días después, el rey moría en su lecho, al lado de su esposa, que lloró amargamente. Toda Amnorias lamentó la muerte de su señor, pero estaba dispuesta a recibir al nuevo monarca con todos los honores. Érgond fue coronado rey cuando la primavera teñía de colores los campos de Amnorian, y juró defender el reino hasta la muerte.
       Sin embargo, pronto tuvo que demostrar si su promesa era cierta, pues las hordas bárdalas invadieron Amnorian. El nuevo rey había preparado un poderoso ejército capaz de frenar la amenaza que descendía del norte, pero el enemigo arrasó a sangre y fuego el reino de punta a punta, y su capital, Amnorias, quedó parcialmente destruida en un terrible asedio que duró años. Érgond fue hecho prisionero, y cumplió su condena en los terribles calabozos de Ordosh, la fortaleza-capital de los Bárdalos. Allí conoció a Brúnther, un hombre de la raza de los Argundios, que el reino de Akadlath quería aniquilar a toda costa. Entre los dos urdieron un plan que les permitió escapar cuando estaban a punto de morir. El rey bárdalo Urlad, el Conquistador, mandó prender a los dos fugitivos por todos sus territorios, pero no consiguió apresarlos.
       Érgond y Brúnther llegaron hasta Amnorian, no sin antes librar algunas batallas con los esbirros de Urlad. Al llegar se encontraron con un reino devastado, donde los Bárdalos se movían a sus anchas y cometían toda clase de excesos: robos, violaciones, asesinatos, etc.
       Con los ojos cargados de furia, Érgond reunió a buena parte de su pueblo y logró ocultarse en Duathelgand. Esta fortaleza, situada al oeste de Amnorian, la levantaron los Argundios hace mucho, pero tuvieron que abandonarla cuando los Bárdalos iniciaron sus incursiones en Argungör, el reino de Brúnther. En Duathelgand, Érgond se hizo fuerte, y consiguió forjar muchas armas para combatir al enemigo invasor.

        Una noche, el dios Wot se le apareció en sueños a Érgond. Le dijo -o más bien le ordenó- que no cumpliese la misión que le había encomendado su padre, y si desafiaba su voluntad divina sería castigado. Por el contrario, si obedecía su orden, le concedería la inmortalidad, y un lugar en los Sitiales del Agör, donde se decide el destino de los mortales. Pero Érgond no aceptó las condiciones del dios Wot, y a la mañana siguiente partió con Brúnther en busca de una espada capaz de introducirse en una piedra. Consigo llevaría una escolta de veinte hombres para que la misión tuviese más posibilidades de éxito.
       La intención de Érgond era conseguir una espada sílfica, las únicas con el poder suficiente como para penetrar en cualquier superficie. El viaje los llevaría hasta el Bosque de Brand, situado en la Baja Cuma, al sur de las Tierras del Sur. En tal bosque vivían los Silfos Blancos, poseedores de una magia propia de dioses.
      Iniciaron el viaje a finales de noviembre, cuando el invierno acechaba ya oculto entre las Altas Montañas, cuyas faldas mostraban la capa de fina nieve que la noche había dejado. Los caballos avanzaron entre la escarcha, comandados por Érgond, que portaba su fría cota de anillos parcialmente oculta por un jubón azul. A su lado iba Brúnther, que llevaba las riendas de un hermoso corcel de la célebre Raza Orgullosa de Amnorian. Por fortuna no recibieron ataques de los Bárdalos, más preocupados de beber y organizar fiestas que de combatir.
       El invierno se dejó sentir cuando se acercaron a las primeras estribaciones de las Altas Montañas, el primer escollo que debían pasar. Unos jirones blanquecinos se descolgaron de las nubes, barrieron toda la región y dejaron tras de sí un palmo de nieve fresca que cubrió la débil escarcha. Comenzaron a ascender por las lomas de la cordillera, zigzagueando; el frío era muy intenso, y los caballos exhalaban vapor por sus bocas y narices. Pronto tuvieron que dejarlos, pues no podían cabalgar por la nieve, que se acumulaba en los ventisqueros en cantidades inmensas. Los nubarrones negros no desaparecían para su desgracia, y descargaron una importante nevada que casi los obliga a retroceder. Dos hombres murieron congelados, y ni siquiera pudieron cavar en su honor una tumba, pues no podían detenerse y arriesgarse a morir ellos también. Además, no había manera de encender un fuego, pues los maderos que habían traído para tal fin estaban tan húmedos que ni las llamaradas de un cúlebre los hubiera podido consumir.
       Érgond pensó, sin duda, que Wot tenía algo que ver con aquello, y que de alguna u otra manera había hecho reventar las nubes para que el camino les resultara más dificultoso. Aunque pareciera que no terminaban nunca, las montañas tenían un fin, un fin al que llegaron cuatro días después, en un verde valle poblado de pinos y abetos por donde corría un arroyo de aguas límpidas.
       -Allá abajo está Brand -señaló Érgond-. Recibiremos pronto su calor.
       La compañía descendió por los verdísimos campos de la Baja Cuma. El País de Brand no estaba lejos, aunque todavía tuvieron que enfrentar un nuevo peligro: ojáncanos. Ninguno sabía de la existencia de estos seres tan al sur, e inconscientemente se detuvieron a pasar la noche en un bosquecillo habitado por ojáncanos, cuyas cuevas estaban bien camufladas. La compañía se percató de un terrible hedor que venía de los alrededores, pero pensaron que se trataba de un animal muerto. Bien entrada la noche, los ojáncanos salieron a cazar, como era habitual en ellos. Portaban antorchas y enormes trancas armadas con una punta de hierro capaz de desgarrar la piel de cualquier animal por dura que fuese. Los soldados de Érgond dormían, y no habían puesto a nadie para que vigilara. Los ojáncanos olieron la carne fresca y rodearon la zona. Al grito del jefe atacaron sin compasión a los viajeros, que se vieron sorprendidos. La batalla fue tremenda, y sólo diez hombres salieron con vida, entre ellos el propio Érgond y Brúnther. Toda la noche corrieron sin rumbo fijo, y parte del día siguiente, hasta que dieron con otro bosque, mucho más grande y sobre todo mucho más hermoso. Era el célebre Bosque de Brand.
       Los diez entraron temerosos, pues no se fiaban ya de nada ni de nadie. Pronto unos Silfos los avistaron y salieron a su encuentro. Habían oído hablar de Érgond y sus aventuras, así que los recibieron cordialmente. Allí conocieron a los Señores de Brand, Erwieth e Isiim, que tantas canciones habían inspirado. Al contarles el motivo de su viaje, no dudaron en ofrecerles ayuda. Forjaron una espada para ellos, de nombre Lúthil, cuyo poder sólo era superado por la legendaria Deswath, quizá la espada más poderosa que jamás ha habido en Rodania (con permiso de Bétherend). Los Silfos Blancos los acompañaron hasta el puerto de Terach, donde cogieron un barco para no tener que cruzar de nuevo las montañas. Las velas de la nave que eligieron eran de hilos de oro, y los amarres de plata; la madera recién barnizada estaba, y los remos la empujaban a la velocidad del viento, que soplaba muy fuerte de poniente. Una terrible tormenta se desató en pleno mar; las olas pasaban por encima del barco, y tuvieron que recoger las velas para que no se rasgasen. Érgond no dudó que Wot de nuevo estaba detrás de todo esto, pero no se rindió, aun cuando la nave giró sobre sí misma y murieron tres hombres y dos Silfos. Érgond desafió a Wot logrando mantener la nave a flote. Rodearon la Península de Ponthian y arribaron a las costas de la Alta Cuma, cerca del Delta del Karonwath.
       Habían tenido muchas bajas, pero el objetivo estaba cumplido. En Duathelgand se hablaba de la muerte del rey y el resto de expedicionarios, pero estos estaban ya en las proximidades del Lago Oscuro, donde la noche se les echó encima. Entonces Érgond divisó en el cielo dos lunas de pálida luz, dos luces que indicaban el lugar en el que debía nacer la nueva capital de Amnorian, como así había predicho la Anjana y así su padre se lo había contado. Érgond desenfundó a Lúthil, y, en la primera roca que halló, hundió su filo, que al contacto con la piedra hizo que brotara una luz intensísima, tanto que cayeron al suelo casi cegados por su resplandor. Cuando despertaron por la mañana, vieron que estaban rodeados por un gran muro, y dentro del muro había algunas casas y un palacio. La profecía se había cumplido.
      
        Los Bárdalos se enteraron de la existencia de un foco resistente en Duathelgand. Allí mandó Urlad a sus huestes, pues quería destruir todo poso amnoriano que quedase en sus dominios. Pero Érgond llegó antes a Duathelgand, y logró sacar a todos sus súbditos de allí y llevarlos hasta la nueva ciudad. Cuando los Bárdalos tuvieron noticias del suceso, fueron a destruir la ciudad, tanto era el odio que sentían por los Amnorianos. Todo el ejército cargó contra los muros, pero eran tan grandes y poderosos que nada pudo derribarlos. Con las armas que habían forjado tiempo atrás, los Amnorianos, dirigidos por su rey Érgond, atacaron a unos desconcertados Bárdalos, que se vieron impotentes ante la nueva fortaleza. Las lanzas y las flechas volaron; las espadas brillaron y se mezclaron con la sangre. Tras varios días de lucha, los Bárdalos se retiraron ante la rabia de Urlad.
        En la nueva ciudad se celebró por todo lo alto la victoria sobre los Bárdalos. Allí el rey bautizó a la ciudad con el nombre de Boluum, Ciudad Amurallada en Lengua Ancestral, y todos los habitantes del reino lo aprobaron con júbilo. Así, Boluum se convirtió con el paso de los años en la ciudad más importante del Sur..."

miércoles, 29 de junio de 2016

En la rama de un árbol...

En la rama de un árbol vivía una hoja. Era una hoja como otra cualquiera; no tenía nada que la distinguiese especialmente de las demás. Bueno sí, era algo más pequeña que la mayoría. No se acordaba demasiado de su nacimiento, en el lejano mes de marzo; sólo que hacía frío, mucho frío, y que había caído una helada tremenda que casi la mata. Pero logró resistir, no como algunas de sus hermanas que no corrieron esa misma suerte.
       El árbol en el que vivía era un roble, un alto, frondoso y fuerte roble que crecía a la orilla de un río. Nuestra hoja residía hacia el medio, tomando la quinta rama a la izquierda si lo mirabas desde el sur; si lo mirabas desde el norte, obviamente era al revés. En esa gran rama, que salía del tronco principal, había otras muchas quimas, y en cada quima, cientos de hojas. Algunas estaban enfermas: o bien tenían una parte seca, o bien les faltaba un lóbulo, o por el contrario era su pecíolo el que se encontraba roto (éstas por lo general no solían sobrevivir muchos días). Pero la mayoría de las hojas gozaba de buena salud. La ilusión de casi todas era llegar hasta los primeros días fríos, cuando el helado viento del norte atacaba sin piedad los bosques caducifolios.

       Era por entonces el final del verano, una fecha en que las hojas de los árboles empiezan ya a ponerse guapas y se tiñen de vivos colores para recibir a su amante: el otoño. Todas estaban muy excitadas; las más madrugadoras, que por lo general eran también las más coquetas, se burlaban de las más tardías, a las que despreciaban. Se producían muchas veces verdaderas batallas entre estas hojas, y desde abajo se escuchaban las voces y los gritos en forma de susurros. Pero esto suele pasar desapercibido para nosotros, los humanos, que no vemos más allá de nuestras narices. Creemos que porque la madre naturaleza nos ha concedido ciertas ventajas sobre los demás seres vivos, eso nos da derecho a menospreciarlos y a pensar que de ninguna manera existen otras sociedades aparte de la nuestra. Las hojas precisamente nos observan, aunque no nos demos cuenta, y nos temen, nos temen muchísimo; somos sus principales enemigos, muy por encima de las orugas o los herbívoros.
       Pero continuemos con la historia de nuestra hoja, que todavía no se había preparado para la llegada del muchachote otoño. Su limbo era aún verde como la esperanza, y ello unido a su pequeño tamaño, la convertían en la burla de su rama.
       -¿A qué espera para teñirse? ¿A que venga una ventolera y se la lleve? –comentaban-. Hay algunas que están en los árboles por estar.
       Pero esto era, naturalmente, envidia. Envidia porque el roble la quería muchísimo, pues le solía enviar más savia que a ninguna. Entonces, si por la mañana caía rocío, entre todas las demás se juntaban para que no le llegase nada (el rocío de la mañana resulta una delicia para las hojas); y si a media tarde el sol calentaba de justicia, se apartaban con toda la mala leche del mundo para ver si le daba una insolación. Y luego se reían a carcajada limpia.

       Un día se levantó un viento terrible, casi huracanado. Todas las hojas se pusieron histéricas, chillando como locas, pues ninguna quería abandonar el árbol antes de recibir al otoño, que además aquel año parecía retrasarse. Nuestra hoja se aferró a su rama, pero como su pecíolo era tan delgado y débil, una ráfaga fortísima acabó separándola del roble y comenzó a volar y a girar.
       Al principio estaba muy asustada, pues temía estrellarse contra otros árboles, o contra el suelo, o contra el tejado de alguna casa, pero pronto le cogió el tranquillo y aprendió a controlar las corrientes de aire. Se elevó mucho, muy por encima de las chimeneas, y atravesó bosques monótonos e inmensos de árboles feos y malvados, de esos que llaman eucaliptos; y deseó con todas sus fuerzas no caer allí y pasar el resto de su corta existencia rodeada de tan crueles enemigos de los bosques caducifolios.
       Sin embargo, a medida que adquiría cierta pericia, pudo esquivar estos eucaliptos, y continuó su periplo por aquella región tan extraña para ella. Pero de pronto, el viento paró, y entonces nuestra pequeña viajera descendió en círculos lentamente. Aterrizó en el jardín de una casa, junto a otras muchas hojas que lloraban desconsoladas. La suerte se puso de su lado al caer cerca de un grifo que tenía una fuga, y así pudo alimentarse y vivir mucho más de lo que hubiera imaginado en un principio. Allí estuvo algunas horas, y conoció a varios humanos. ¡Por las ramas del ciprés, qué descuidados eran! Cuando caminaban, no se preocupaban de mirar al suelo, y nuestra hoja se salvó en alguna que otra ocasión de un aplastamiento casi seguro. Una vez incluso estuvo a punto de acabar en un cesto para ser quemada después, catástrofe esta que no pudieron evitar otras compañeras.
       Hasta ese momento no se había dado cuenta de que a su lado, a sólo unos veinte lóbulos de distancia, se encontraba otra hoja alimentándose del agua que goteaba del grifo. Tenía una pequeña herida en su limbo, pero le debía causar gran dolor porque se quejaba bastante. Nuestra hoja se acercó y se interesó por ella. Se hicieron entonces muy amigas, y ambas se contaron su historia. La otra hoja no estaba allí a causa del viento; bueno, en parte sí, pues hasta ese jardín la había arrastrado una violenta ráfaga de aire. Pero el responsable inicial fue un niño humano que la arrancó de la rama de su árbol natal, un gran castaño. Y aun así tuvo suerte, pues a las demás hojas hermanas con las que compartía rama les produjo desgarros irreparables. Suponía que ya habrían muerto las pobrecillas.

       Por la tarde empezó a levantarse de nuevo la brisa. Las dos hojas intentaron agarrarse a la hierba del suelo, e incluso, en un acto de coraje, juntaron sus extremos para hacer más fuerza. Su aspecto ya comenzaba a tener un tono marrón oscuro, y eso indicaba que el fin de la vida para ellas estaba cercano; pero aun así no querían separarse, pues de veras se necesitaban las dos. Sin embargo, pronto el viento comenzó a soplar con más intensidad, hasta que irremediablemente volvieron a volar. Lamento decir que se alejaron para siempre.
       Nuestra hoja sintió mucho desprenderse de la única amiga que quizá había tenido en su vida, y lloró amargamente, pero debía seguir adelante. Estuvo surcando el cielo casi toda la noche. Algunas veces, cuando la furia del viento se aplacaba, descendía lentamente en círculos hasta posarse sobre algún tejado o incluso algún árbol, pero esto pasaba enseguida. Con las primeras luces del amanecer, ya sedienta y cansada, nuestra sufrida amiga aterrizó encima de una piscina, que estaba situada en el extenso jardín de una gran casa. Al menos pudo alimentarse un poco, aunque aquella agua tenía un sabor ciertamente amargo. Hacia media mañana salieron al jardín los dueños de la casa, humanos por supuesto, y se tumbaron a tomar el sol; por allí rondaba también un niño.
       El mocoso se lanzó a la piscina sin mirar siquiera quién había en ella. Unas olas gigantescas se formaron entonces, y nuestra hoja fue engullida de pronto por aquella terrible Caribdis. Comenzó a hacer esfuerzos extraordinarios intentando salir a la superficie, pero se encontraba muy cansada luego de haber estado volando durante buena parte de la noche. Exhausta, agotada del todo, se dejó ir al fondo de la piscina. Pensó sin duda que ése era su fin, que ya nada tenía que hacer en este mundo. Sin embargo, el mismo niño que la había intentado ahogar pasó buceando muy cerca, y nuestra entrañable protagonista hizo un esfuerzo final para aferrarse a su bañador.
       El precoz nadador salió al rato de la piscina, y con él la hoja superviviente, que instantes después se despegó del bañador y fue a parar al suelo, donde seguía estando expuesta a un sinfín de peligros.
       Mientras, el niño le dijo algo a su madre:
       -Mamá, se me ha salido un hilo del bañador. ¿Qué hago?
       -Tíralo donde la ropa vieja, la del mes pasado, para dárselo a los indigentes.
       -Mamá, ¿qué es un indigente?
       -Un indigente es un pobre, esos seres a los que regalamos lo que nos sobra a los ricos para limpiar nuestra conciencia.
       -Mamá, ¿y qué es la conciencia?
       No hubo respuesta de la mamá.

       De repente, nuestra hoja advirtió una nueva y terrible amenaza que se aproximaba: una escoba, que portaba irresponsablemente una señora vestida de negro y blanco. ¡Zis zas! ¡Zis zas! Desde un lado hasta otro del inmenso jardín pasaba aquella escoba homicida, llevándose por delante todo lo que encontraba en su camino. Además, levantó tal polvareda que casi deja sin respiración a nuestra cansada compañera de aventuras, que en un nuevo arranque de coraje pudo esquivar las feroces acometidas de semejante ariete; y no solo eso, sino que con el aire que produjo la escoba al barrer, se elevó de nuevo y consiguió escapar de aquella prisión de tortura.
        Voló sobre los tejados de unas casas todas iguales; luego lo hizo entre altos edificios en los que incluso podía verse reflejada, y donde no había nada de verde: ni árboles, ni hojas, ni hierba. Y pensó sin duda que aquel era un lugar muy gris y triste, y tuvo miedo entonces de que el viento parara y la depositase allí mismo. Sin embargo, no sucedió así, y continuó volando y volando durante largo tiempo –o al menos eso le pareció a ella-, para más tarde descender delicadamente en un lugar mugriento, donde había también humanos; pero estos no tenían nada que ver con los que había conocido antes: estaban vestidos de forma distinta, con ropa sucia y rota, o llena de remiendos en el mejor de los casos. De pronto, sintió un terremoto a su alrededor, y al rato se vio, junto con otras muchas hojas, haciendo de cama para uno de esos humanos que moraban allí.
       A la mañana siguiente despertó al lado del humano. Sentía un frío gélido, y ni siquiera le aliviaban sus compañeras, que tenían tanto o más frío. Unos instantes después se oyeron unas voces. Varios humanos más se acercaron hasta el que yacía al lado de nuestra hoja. Parecían asustados. Le zarandearon pero no despertaba. Poco después se escuchó un sonido agudo, muy penetrante, y unas extrañas luces parpadeantes aparecieron tras él. Nuevos humanos más, éstos vestidos de blanco, se llevaron a aquel individuo que no había abierto la boca en toda la noche. Nuestra hoja se preguntó qué harían con él, si es que aún se podía hacer algo.
       Entonces, más tarde, un rugido ensordecedor se apoderó del lugar. Todo el suelo temblaba, como si fuera a abrirse una profunda grieta por donde se precipitaría nuestra querida amiga. A continuación surgió otro ruido muy diferente, como de una lluvia torrencial, un sonido éste que le era bastante conocido porque le recordaba las tormentas de verano. Pero al parecer no se trataba de lluvia, no: era una especie de chorro de agua que lo barría todo con gran virulencia; y la zarandeada hoja recibió el impacto directamente, elevándose del suelo unos cuantos metros hasta que de nuevo voló hacia las nubes.

       Y así pasaron las horas, y nuestra entrañable amiga siguió dando tumbos de un lado para otro, viajando entre hormigón y ruidos, descendiendo y ascendiendo según la fuerza con la que soplase el viento, contemplando rostros de la más variada índole, unos felices, otros tristes, la mayoría con expresión indiferente; hasta que, cansada, de veras exhausta, fue a parar al linde de un pequeño bosque, cerca del tronco de un joven abedul, que inmediatamente sintió cariño por la recién llegada. Haciendo una especie de cuenco con una de sus ramas, el abedul recogió un poco del rocío de la mañana y se lo ofreció, algo que nuestra querida amiga aceptó de buen grado, aunque de poco o nada le iba a servir ya a estas alturas.
       Pero no hemos de sentirnos tristes por este esperado final, pues con el paso de los días fue descomponiéndose, y eso sirvió para que el abedul comenzase a crecer alto y fuerte; así que nuestra sufrida compañera de cuento no murió en realidad, sino que su esencia, su alimento, pasó a ser la savia del abedul. Y cuando el abedul se secó muchísimos años después, también se descompuso, y sirvió a su vez como alimento para nuevos árboles y flores. Pues en la naturaleza nadie muere nunca de verdad.

martes, 28 de junio de 2016

Mi amigo Eze

A los hombres y mujeres de la mar

Durante casi toda mi vida me ha gustado asomarme a la ventana de la mar para ver zarpar los pesqueros. En muchas ocasiones, desde el muelle, les suelo gritar:
       -¡Tened buena pesca, y volved pronto!
       Entre el ruido del motor, las propias voces de los marineros y los gritos de las gaviotas, dudo mucho que me oigan.
       La historia que voy a contar comenzó en uno de esos barcos. Mi amigo Ezequiel, a quien yo llamaba con cariño Eze, había decidido enrolarse en uno que pronto se haría a la mar.
       Eze era un mocetón alto y fuerte, de mirada tranquila y hablar pausado. Tenía un tatuaje en el antebrazo izquierdo, a la altura del pecho, que representaba un sol, debajo del cual podía leerse la siguiente leyenda: "aunque llueva, siempre saldrá el sol para mí". Era uno de esos tipos que suele haber en cada pueblo, tan noble que jamás emplearía su fuerza bruta para hacer daño a los demás. Le gustaba mirar siempre hacia delante, y no le importaba tirar del hilo para ver lo que encontraba al final. A veces, de repente, sin parar a pensárselo, se ponía en la cuneta de la carretera a hacer dedo y se iba a recorrer pueblos y fiestas, llevando únicamente en la mano una vieja chaqueta deportiva con el número diecisiete a la espalda. Quizá el haberse quedado sin padre cuando era un niño, y haber perdido a su madre en plena adolescencia, había forjado aquel carácter indómito, como un potro al que es imposible ponerle riendas.
       Me acuerdo que solía decir: "salvo de la muerte, por lo demás no hay que preocuparse; cada problema tiene su solución, y cada camino su final".
     Así que poco me sorprendió el día que me dijo que había aceptado un trabajo como marinero en un barco de pesca.
       -El patrón es amigo mío –me comentó-. Además, mis manos son fuertes, y puedo dar el callo como el que más.
    -Te envidio –le contesté-. A mi me gustaría tener esa determinación para todo. Yo veo una pared enfrente de mí y me bloqueo; no sé cómo abordarla. En cambio tú, si no la rodeas, la escalas, o si no incluso la echas abajo.
       Se rió mucho con mi comentario. Me llamaba Cerebrín, porque siempre andaba buscando historias para mis relatos. "Cerebrín, aquí tienes un buen cuento", me decía cuando le pasaba algo digno de ser narrado. Y se echaba a reír. Porque él no consideraba en absoluto que su vida mereciese un relato, ni siquiera una reflexión. "Hago las cosas porque me gustan. Lo que me sucede no tiene ningún mérito".
       Sin embargo, yo no estaba de acuerdo, y cuando años después le comenté que quería escribir un cuento sobre su vida, me tomó por loco.
       -Me quieres demasiado –contestó.
       Eze se echó a la mar una fría madrugada de marzo, con apenas un café y una tostada en el estómago, "y poco o ningún dinero en el bolsillo". Iban a pescar fletán a un caladero cerca de Canadá, creo, que yo de pesca entiendo más bien poco. El caso es que, semanas después, sucedió que el barco tuvo una avería importante, y no les quedó más remedio que aproximarse a un puerto de la isla de Terranova para intentar arreglar el problema y zarpar cuanto antes de regreso a casa.
       Sin embargo, al parecer el desaguisado había sido bien gordo, porque al poco se recibieron noticias de que la tripulación regresaría en avión desde Saint Jhon’s, en el extremo sudoriental de la isla. Pero cual fue mi sorpresa cuando, al aterrizar la aeronave, sólo uno no había vuelto, y ese uno era mi amigo Eze.
       
       Semanas más tarde de este suceso, recibí una carta fechada en la oficina de correos de Laval, en la provincia de Québec, Canadá. En la misiva, escrita por mi amigo, me decía que había decidido en el último momento no embarcar hacia España. Me contaba también que, con el poquito francés que chapurreaba, había conseguido un trabajo de lavacoches en una estación de servicio próxima a Montreal. "Te tienes que venir", me propuso. Pero yo no podía pagarme el billete de avión, pues como todo el mundo sabrá, el oficio de escritor, salvo contadas excepciones, no da para lujos.
       Su siguiente carta me llegó unos meses más tarde. En ella me contaba que con el dinero que había ganado de lavacoches se había comprado un descapotable de muchas manos, un Ford Thunderbird como el de Thelma y Louise pero de color rojo, y en sus ruedas tenía intención de recorrer América de norte a sur. Así que con gran expectación aguardé a que me llegara la siguiente correspondencia. Lo hizo un par de meses después, desde la ciudad de Nashville, en el estado norteamericano de Tennesse. "Pero cuando la recibas estaré ya camino de Memphis", escribía. 
       No habían pasado dos semanas desde esta última comunicación, cuando recibí de nuevo noticias suyas. Se encontraba cerca de la frontera con Méjico, en una ciudad llamada Laredo. Allí se hablaba mucho español, y decidió quedarse hasta que consiguiese un trabajo para poder culminar su odisea, pues estaba "sin un centavo".
       Eze no tenía quizá el talento para narrar las cosas de manera que un académico de la lengua le diese el visto bueno, pero se hacía entender. Nunca, o pocas veces, se expresaba en pasado. "Para qué preocuparse de algo que ya ha sucedido y que no podemos variar aunque nos empeñemos", reflexionaba. Era un filósofo de la vida.

       Pasó casi un año hasta que volví a saber de mi amigo. Desde Tuluá, en Colombia, rodeado de los altos y nevados picos de los Andes, me contó que había conocido a una bella sudamericana de rasgos indígenas con la que esperaba casarse. La noticia me pareció una bomba. Él, un enamorado de la vida y más inquieto que el rabo de una lagartija, había caído en la tentación de sentar la cabeza. La afortunada se llamaba Graciela y tenía veintidós añitos. "Su piel tiene el color de la arcilla, y su olor y su sabor, a caramelo tostado", escribía
       Y pendiente de nuevas esperé con gran impaciencia la llegada de su próxima carta. Pero pasó un mes, y otro, y otro más, y así hasta tres años sin saber de mi querido amigo. Incluso me acerqué hasta el consulado de Colombia para obtener cualquier indicio que me pusiese sobre la pista de su paradero. A punto estaba de emprender viaje hacia la tierra del café –por no decir otra planta-, cuando de pronto recibí una nueva carta suya.
       Mi amigo se encontraba en Bolivia, concretamente en la zona del altiplano, trabajando en una mina de sal en las cercanías de Uyuni. "Todo me salió mal con mi colombianita", me decía, apenado. Al parecer, su padre no aprobó aquella relación, y como Eze no era un hombre de los que se quedaban a contemplar salir el sol cada mañana, pues decidió coger carretera y manta y fue a parar a aquel salar situado en el culo del mundo.
       Con el poco dinero que tenía en el bolsillo, llenó el depósito de gasolina y dejó atrás aquella mina de mala muerte, según me contó varias semanas después. Como Chile estaba a un paso, atravesó el árido desierto de Atacama y llegó hasta Antofagasta, donde consiguió un empleo en un mercante de bandera liberiana que llevaba destino Nueva Zelanda. Conoció al armador del barco y trabaron una buena amistad. Cuando llegaron a Wellington, en la Isla Norte de Nueva Zelanda, el armador le propuso que fueran socios a partes iguales. Mi amigo, que había vendido su descapotable a un coleccionista por una buena suma de dinero, le compró la mitad del barco.

       Desde entonces, las cartas que recibía de él fueron siendo menos frecuentes, aunque algo más extensas. Tras permanecer casi seis meses en la capital de Nueva Zelanda, donde habían hecho buenos negocios, zarparon hacia Hobart, en la australiana isla de Tasmania. No se entretuvieron mucho en esta ciudad y continuaron hacia Indonesia, cruzaron por el Estrecho de Sonda y arribaron al puerto de Singapur.
       Allí mi amigo y su socio discutieron por una bella joven de origen hindú, y rompieron la sociedad que habían creado. La joven, además, resultó ser menor de edad, y Eze acabó metido en un calabozo de lo más deprimente. Era totalmente injusto, una persona tan buena, tan optimista como él, que tuviese que pasar una temporada en la cárcel. Al final salió absuelto, pero según me dijo se dejó casi todo el dinero en sobornar al juez que llevaba el caso. Era así como funcionaba la justicia en aquel país.
       Así que sin un duro, pero libre al fin y al cabo, dejó la turbulenta Singapur y viajó por todo el sureste asiático en un tren que todavía funcionaba a vapor. El destino le llevó hasta las alturas del Himalaya, en concreto hasta Nepal, donde, a decir verdad, no le recibieron muy bien y no consiguió encontrar trabajo, puesto que los nepalíes al parecer no se mostraban demasiado acogedores con los extranjeros.
       Atravesó días después la frontera entre Nepal e India por una bacheada carretera, con la imponente cumbre del Machapuchare, o Cola de Pescado, como telón de fondo. Llegó hasta Nueva Delhi, la capital, y vagó por los arrabales de la ciudad hasta que pudo encontrar un trabajo de extra en una película. En el rodaje se enamoró de una bailarina musulmana, Rasha, con la que se casó. ''Aquí he encontrado la estabilidad que me faltaba'', me escribía todo convencido.
       Durante varios años fue feliz en la India, compartiendo atardeceres con su hermosa musulmana. Me envió una foto y todo, y he de decir que ninguna descripción le hacía justicia: bella, racial, con unos ojos azul turquesa que se te metían en la sien y ya no podías quitártelos del pensamiento. Sí, después de tanto tiempo parecía que mi amigo por fin había encontrado un destino, y un lugar en el que pasar el resto de sus días.
       Pero la malaria, la terrible y mortal malaria, se llevó a Rasha del mundo de los vivos, y Eze quedó destrozado. Cuando amaba, lo hacía sin reservas, y mucho debió de querer a aquella hermosa musulmana.
       
         Así hasta que un día buen recibí no una carta, sino un telegrama:
               Día 16 vuelvo a casa. Espero verte pronto. Eze.
       Y, en efecto, el dieciséis de aquel mes de febrero, casi quince años después de haberle despedido, volví a abrazar a Eze, mi amigo del alma. Estaba muy cambiado físicamente, como era lógico, aunque por dentro seguía siendo el mismo de siempre.
       -Te traigo buenas historias para tus cuentos –me dijo, sin saber todavía que la historia que más me interesaba era la suya propia.
       Y juntos nos fuimos a celebrar su regreso.
       Días después, mi amigo recibió una gran noticia: como había sido el primer habitante de la villa en dar la vuelta al mundo (o al menos el primero del que se tenía constancia), iban a poner su nombre a un muelle del puerto: Muelle Ezequiel Ramírez, Marino Ilustre, Hijo de esta Excma Villa de *****, rezaba la placa. Mira que había pasado por muchos tragos, pero aquel le pareció el peor de todos; porque le daba mucha vergüenza tener que hablar delante de tanta gente. Me pidió que le escribiera un discurso de agradecimiento, algo a lo que me negué.
       -Habla desde el corazón –le propuse-, y las palabras te saldrán solas.
       Y desde el corazón habló. Al principio se le vio muy nervioso, tan grande como era, y tanto como había vivido, pero pronto comenzó a tejer las palabras y bordar las frases como sólo él sabía hacerlo, con una sabiduría que únicamente la vida te proporciona. Cuando terminó, y después de una salva de aplausos, mi amigo lloró, y a mí se me escaparon también unas lagrimillas que disimulé con un pañuelo como si estuviera constipado.

       Unas semanas después, Eze llegó al final de su camino. Al parecer, de sus viajes no sólo había traído andanzas e historias, sino también alguna maldita enfermedad que le acabó consumiendo poco a poco. No quiero ni acordarme del nombre de tal afección.
       -Bueno –suspiró, poco antes de que llegase su hora, una mañana que fui a visitarle-, nadie dijo que tenía que estar aquí eternamente.
       Ni una lágrima, ni un gesto de disconformidad se dibujó en su rostro. Había sabido vivir, y ahora sabría morir. Yo he de reconocer que lloré muchísimo, pero a escondidas. No quería que mi amigo me viese así de triste. Apuesto a que incluso se hubiera ofendido.
       Le incineraron, como había sido su deseo, y puesto que no tenía familia cercana, fui yo el encargado de recibir sus cenizas para que las esparciese donde quisiera. Entonces embarqué y fui depositando un puñado de sus cenizas en aquellos lugares en los que había estado cuando dio la vuelta al mundo. El gesto me supuso empeñarme de por vida, pero con ello mi corazón quedó en paz.
       Y después de cumplir la misión, volví a este muelle de mi vida desde donde sigo viendo salir los barcos, deseando que sus tripulantes regresen cuanto antes sanos y salvos y con alguna historia bajo el brazo que poder contar a mis lectores.