viernes, 16 de septiembre de 2016

EDDLL en el Festival Niebla Salamanca


El Despertar de la Leyenda estará en el próximo Festival Niebla de Salamanca, dedicado a la fantasía, la ciencia-ficción y el terror, que se celebrará los días 30 de septiembre, 1 y 2 de octubre.
    Hace un par de meses, esta cabecita no dejaba de pensar en nuevas ideas para que la espera de la novela no se hiciese tan larga. Potenciar el blog a través de nuevas descripciones del mundo de Rodania era una de ellas. Pero necesitaba algo más "potente", algo que llamase más la atención. Me hice eco, a través de twitter, de un nuevo festival que se iba a celebrar en Salamanca, el Festival Niebla. Son muchos y muy variados los eventos que, a lo largo y ancho de nuestro país, se celebran cada año. A ellos acuden los incondicionales de la fantasía, los jugadores de rol, los amantes del comic, el terror o la Sci-Fi. El escenario era ideal, pero, ¡si no tienes novela que vender!, creería la gente. Y es cierto. Y como a veces (sólo a veces) me gusta hacer cosas distintas, decidí que sería hasta cierto punto original vender algo que estaba por salir aún.
      De modo que investigué un poco, y, cuando lo vi claro, me lancé a reservar uno de los stands que, por un pequeño importe, el Festival ponía a disposición de los autores. ¿Qué voy a vender exactamente?, estaréis pensando. Pues, aparte de la novela (que se puede reservar a través de la web libros.com), llevaré algunos artículos de promoción, como folletos, que serán gratuitos, chapas (que tendrán un precio simbólico) y, también, láminas del mapa de Rodania. A su vez informaré del proceso de edición de la novela, y hablaré de la mitología cántabra, que es uno de los pilares sobre los que se sustenta El Despertar de la Leyenda y el mundo de Rodania en general.
     Por supuesto, al margen de los stands, habrá charlas, talleres, encuentros y presentaciones de autores de gran prestigio. Podéis descargaros el programa pinchando en el siguiente link: I Festival Niebla Salamanca 2016

VAS A PASARTE POR MI STAND EN EL FESTIVAL NIEBLA DE SALAMANCA




viernes, 19 de agosto de 2016

Una raza propia: los Hálarond.

—¿No recuerdas la canción? —respondió Déloth ante la curiosidad del hombre—. Somos Espíritus de Árboles. Cuando un árbol se seca, su alma pasa a un estado superior, y algunos adoptan forma humana, como los Hálarond. Por eso, pese a nuestra apariencia actual, guardamos aún parecido con el árbol del que un día formamos parte. Yo fui un haya, y viví cientos de años, y ahora espero poder seguir aportando algo al mundo bajo este nuevo aspecto durante al menos otros tantos años. Los Hálarond envejecemos muy despacio, pero podemos morir como cualquier criatura de este mundo. Nuestra savia no deja de ser roja, como vuestra sangre. Tenemos las mismas debilidades que los Hombres; podemos llorar o reír como bien has comprobado durante tu estancia en Táluth. Pero de la misma manera que hay árboles malvados, también algunos Hálarond han conocido la codicia, la envidia o el odio, una minoría por fortuna.

De esta manera se describe a sí mismo y a su raza, Déloth, el fiel compañero que Edam tendrá a su lado en su viaje hacia Léithlam. Pero, ¿es una raza propia o sacada de alguna mitología antigua?
       Cuando empecé a escribir El Despertar de la Leyenda, allá por los años 98-99 del pasado siglo, no existía esta raza, no la había creado aún. Por aquel entonces, el Bosque Verde estaba habitado por elfos, y Táluth era su capital. Algún tiempo después, decidí eliminar a los elfos de mi universo; no me encajaban bien, o no todo lo bien que yo quería. ¿Demasiado perfectos? Quizá.
         El caso es que desde siempre me han gustado los árboles: son altos (o muy altos) y majestuosos, crece hierba a su alrededor, los pájaros se detienen en sus ramas (los mirlos a última hora de la tarde parecen mimetizarse con el mismo árbol y cantan una melodía de una belleza increíble), muchos animales tratan de huir del calor buscando su sombra, o, en días de lluvia, son un excelente paraguas natural. Y no pocos enamorados han dado rienda suelta a su pasión con un árbol como testigo. ¡Ay, si algunos hablasen! Caerían reinos y sucumbirían naciones enteras... En definitiva, donde hay árboles, hay vida. Así que intenté canalizar esa vida a través de una raza, y para ello utilicé lo que ya tenía escrito sobre los Hálarond (recordad que eran elfos en un principio). Como bien explica Déloth, son espíritus de árboles que, tras morir, se transforman en unos seres parecidos a los humanos, pero con características propias. En Rodania no fueron numerosos, y sólo habitaron el Bosque Verde. Construyeron su capital, Táluth, en el mismo corazón del bosque. Por supuesto, jamás atentaban contra los árboles, y para hacer sillas o mesas utilizaban madera muerta sólo, lo mismo que para el resto de utensilios. Odiaban el hierro, y en especial las hachas. Para cortar utilizaban filos de piedras. Eran también pastores, y tenían sus rebaños de ovejas en las proximidades del Bosque Verde. Les gustaba mucho beber, y creaban numerosos licores que se les subían rápidamente a la cabeza. Adoraban las canciones y los bailes. Eran muy alegres y risueños, y muy bromistas, a veces en exceso. Pero cuando las cosas se tornaban serias, cambiaban el semblante y se involucraban en el asunto con decisión (así sucedió cuando Edam visitó Táluth). Tuvieron muy pocos señores, pues fue una raza que no duró más de una edad en Rodania, y entre ellos destacó Doroel, que además tenía el poder de leer las mentes ajenas, sobre todo las de los débiles Hombres. Eran excelentes guerreros, aunque detestaban la lucha, y como arma preferida usaban el arco. Conocieron el mal (como bien explica Déloth), pero ese hecho no está narrado en El Despertar de la Leyenda, un hecho doloroso que habían borrado de su memoria. Les afectaba mucho la oscuridad, aunque de noche también podían ser grandes rivales en combate.
            El nombre Hálarond viene de Hálar, el primer Señor de Táluth (personaje misterioso del que en la continuación de EDDLL hablaré). No se sabe de dónde vinieron, y en su desaparición se dieron también circunstancias muy extrañas: pasaron de la noche a la mañana a convertirse en lágrimas de lluvia, pero nadie (excepto el Árbol Que Habla) fue testigo de ello. Estos hechos se relatan en la continuación de EDDLL.
       Una raza, los Hálarond, por tanto propia y que refleja el amor de este humilde autor por la naturaleza y los árboles.

jueves, 18 de agosto de 2016

¿Hay historia de amor en EDDLL?

Pues eso me preguntaron el otro día por mensaje privado. ¿Hay alguna gran historia romántica de esas que te dejan sin aliento? Y mi respuesta fue un sí rotundo. Si lo que el lector/a espera es el arquetipo chico conoce a chica, se miran, se besan y se prometen amor eterno, pues a lo mejor se lleva un chasco... La gran historia de amor es la de su protagonista con la naturaleza, con los seres y razas de Rodania, con sus ríos y bosques, con sus montañas y desiertos. Edam Thélder es, ante todo, un ecologista más de nuestro tiempo, alguien que respeta el medio y se admira con la belleza, a veces terrible, como la de las tormentas, de la Naturaleza.
       Pero existen más historias de amor: la de una hija a un padre y viceversa, la de un rey por sus súbditos, la de unos compañeros de viaje que se querrán por encima de diferencias (que las tienen, y a veces muy acentuadas)...
       De acuerdo, quizá esto os parezca, queridas lectoras y lectores, una explicación algo sosa. Sí, está muy bien ese variado de amores, pero lo que algunos exigen de una historia de amor es que cumpla las características que enunciaba al principio. Y os respondo: sí, también existe una gran historia de amor, quizá no tan explícita, y además habrá que esperar al final de la novela para encontrarla. Pero ese amor será uno de los pilares sobre los que se sustente la continuación de EDDLL, un amor que tendrá visos de imposible y que habrá de resistir no pocas visicitudes para probar su fortaleza. Será un amor legendario, inspirador de romances y canciones.

martes, 9 de agosto de 2016

Así comienza mi segunda novela

PRÓLOGO

EN UN LUGAR SIN NOMBRE NI MEMORIA…

Los gritos de la parturienta se escucharon por todos los rincones de palacio.
       -¡Rápido, traed agua por favor, y unos paños limpios! –exclamaba con angustia su dama de compañía, hecha un manojo de nervios.
       -El niño viene del revés –dijo un médico, mientras palpaba con su mano experta el vientre de la madre-. Sólo uno de los dos vivirá. Será el esposo el que decida. ¿Dónde está?
       -¡Ha partido a la guerra, y no es probable que regrese pronto! –respondió la dama de compañía, envuelta en una sábana de lágrimas-. ¡Aguantad, Mi Señora, todo saldrá bien!
       -Si… si ha de sobrevivir alguien, que sea mi hijo –respondió a duras penas la madre, aún consciente, y con un nuevo grito de dolor.
       El médico entonces asintió levemente, luego le secó el sudor que inundaba su frente y le pidió a la dama de compañía que le ayudase en su tarea: iba a abrirle el vientre como si fuera la corteza de un melón. La madre poco a poco fue perdiendo el conocimiento, pues sufría un gran malestar, y se dejaba vencer en brazos de la muerte. Pero apenas unos minutos después, un llanto de vida inundó la sala. El médico tomó en sus manos a esa pequeña criatura, a la que cortó el cordón umbilical y luego anudó para que no se desangrase. A continuación, le dijo a la dama de compañía:
       -¡Tomad! Limpiadle la sangre y dadle de comer. Hasta que su padre regrese, vos os haréis cargo de su cuidado, pues por desgracia la madre ya no volverá a caminar por la senda de los vivos.
       La dama de compañía lloró amargamente la pérdida de su señora, pero de inmediato se secó las lágrimas y apretó con fuerza a aquel niño contra su pecho –un precioso niño de pelo negro y lacio, ojos verde aceituna y tez blanca como la harina-; luego le acunó y le cantó una nana para tranquilizar su llanto.

       Pero algún tiempo después, llegaron hasta el palacio terribles nuevas, unas nuevas que anunciaban la muerte del padre, y aquel niño quedó huérfano del todo –pues ninguno de sus progenitores tenía familia cercana-. Sin embargo, el destino le tenía reservada una importante tarea.

viernes, 5 de agosto de 2016

Construyendo Rodania: la creación y evolución de un mundo fantástico.

Últimamente, en los blogs literarios se ha puesto de moda dar consejos sobre todas las cosas. También he leído algunas reseñas sobre cómo construir tu mundo fantástico. No voy a entrar en si me parece bien o mal; entiendo que a mucha gente le puede servir de ayuda. Yo, que no soy de dar muchos consejos, pondría dos pilares sobre los que sustentar ese universo. Uno, tener conocimientos geográficos. Ya puede bajar San Pedro del cielo que un río nunca nacerá en el mar y desembocará en las montañas; o, si el continente está en el hemisferio norte, será precisamente al norte donde haga más frío, y, al sur, más calor. El segundo pilar es, para mí, incluso más importante, y es que coja poso. Vale, eres un genio y has creado tu universo en dos meses, pero no tendrá ese aroma a mundo viejo si no has cambiado veinte mil veces un nombre, has ideado mil batallas, le has dotado de unos hechos históricos, unas ciudades en ruinas, etc.
       ¿Y a qué viene esta perorata? Pues precisamente a que he encontrado mucho material antiguo de mi universo, de Rodania. Para que el lector vea por dónde van mis tiros, he cambiado tanto el continente que casi no tiene nada que ver lo que concebí con lo que ahora tengo y que está a disposición del lector. A medida que creaba historias, Rodania fue evolucionando; es como cuando miras un atlas histórico. Por cambiar, cambié hasta tres veces el nombre. Al principio no tenía, y, cómo no se me ocurría ninguno atractivo, decidí llamarlo Tierra de Nadie. Luego, la novela que empecé a escribir -verdadero génesis de El Despertar de la Leyenda-, reafirmó el nombre (a veces se dan estas "casualidades", bien lo saben todos los que escriben fantasía). En esa misma novela se hablaba de un personaje, Rodán (un Plinio el Viejo, un Estrabón, un Humboldt propio), que había sido el primero en describir puntualmente la Tierra de Nadie, con sus ríos, sus montañas, sus regiones, historia, pueblos, especies vegetales y animales... Fue entonces cuando decidí modificar el nombre de mi mundo de manera definitiva. ¿Acaso no había mejor manera de honrar a tan noble personaje que dándole su nombre a todo un continente? Y se quedó con Rodania. Pero claro, Rodán vivió en un periodo posterior a la llegada de los Místoner (creo que he hablado de ellos alguna vez; y son, literalmente, los "Hombres del Este"). ¿Qué nombre, pues, había recibido Rodania antes? Como Tierra de Nadie me pareció algo soso, me fijé en uno de los reinos que habían surgido de los Místoner, Albanor, situado en lo más al este del continente. Así pues, a partir de entonces, y desechado de manera definitiva el topónimo Tierra de Nadie, sólo dos aparecerían en las historias y relatos: Albanor y, el más moderno, Rodania. Os adjunto el primer mapa que hice una noche de noviembre, creo, bastante esquemático pero que, en cuanto a estructura (costas, ríos y montañas), no ha variado demasiado.




Como os digo, un universo tiene que evolucionar. De la misma forma que las fronteras de nuestro mundo actual se han movido más que el rabo seccionado de una lagartija, en Rodania pasa lo mismo. Eso ha incidido de manera notoria en la toponimia, no sólo de los ríos, bosques y regiones, también de las ciudades y fortalezas (alguno de esos nombres incluso no fue más que un rumor lanzado al viento). Este mapa posterior que os voy a mostrar recoge ya las tierras de Rodania (recordemos, por entonces Tierra de Nadie) en toda su amplitud.


Como curiosidad, apuntar que el nombre de Rodania ya aparece aquí. Se trata de la región situada más al este, en una península que recuerda, por su forma, a la de Kola, en Rusia.




Años después, a medida que iba ampliando el universo rodánico, me vi "obligado" a crear un nuevo mapa, coloreado, extra grande, y dividido en seis para no agobiar al explorador (como me gusta llamar a los lectores). Esta es la parte cinco, y en ella se pueden descubrir algunos lugares que se mencionan en El Despertar de la Leyenda, pero con distinto nombre. Así, en EDDLL se habla del Reino de Narghaz (Aloria en este mapa); su capital, Narfaluum, aparece como Nargrod. También (en EDDLL) se hace especial mención a los Magos de Angör. Estos tienen su residencia en la ciudad de Dólendhal (situada en lo alto de una montaña y a la que sólo se puede acceder atravesando las Siete Puertas de Mármol*), si bien en este mapa recibe el nombre de Éretior. Y así, con más lugares y nombres





Rodania siguió su evolución. Edité los mapas coloreados para darles un toque algo más profesional, y de paso cambié toda la toponimia necesaria. En principio, así es como iba a aparecer en El Despertar de la Leyenda (y así lo presenté a varias editoriales), pero me pareció que era algo cutre para el grado de profesionalidad que buscaba. Y entonces encontré a Manolo de Epic Maps, que me hizo... en fin, ved el resultado.























*-Ésta es la primera de las Siete Puertas de Mármol que custodian la ciudad –comentó Er-Haleth-. Nadie jamás ha podido abatirlas, excepto cuando Dólendhal fue saqueada por las tropas de Númgör. Yo he de dejaros aquí, pues he de regresar a Eblem. Decid la contraseña para pasar y accederéis a un túnel interior, con muchos escalones de piedra tallados en las mismas entrañas de la montaña. El camino es largo y agotador, pero la recompensa de ver Dólendhal bien merece el esfuerzo. ¡Adiós!... (de la continuación de El Despertar de la Leyenda, capítulo 19, Una ciudad en las nubes)

jueves, 4 de agosto de 2016

Fragmento de la Balada de los Místoner

Entre las joyas que aún conservo está este fragmento de lo que iba a ser un poema épico al estilo de la Balada de los Hijos de Húrin de Tolkien, que, como sabéis, se inspiró a su vez en poemas como Beowulf o El Cantar de los Nibelungos, donde abunda la aliteración como recurso estilístico. Fue un proyecto truncado pero, ¿quién sabe si retomarlo algún día?.

No hubo ni hay ni habrá
estirpe con el arrojo y valentía de los Místoner,
arrogantes y dichosos,
altos y hermosos,
de rostros albos, cabellos trigueños,
corazones forjados por el Destino Oculto.
Jamás nadie oprimirá su valor,
pues, como la tierra imperecedera,
sus cuerpos ya reposan bajo las ruinas de los traidores de Dárnor.

Así, de esta manera digamos tan atrayente, comienza el poema. La verdad, no sé qué quise decir con "Destino Oculto", ni por qué lo puse en mayúscula; supongo que sería algún hecho o algún recuerdo concreto. Sí que se menciona uno de los pasajes más recordados en los libros de historia de Rodania, que es la Traición de los Nagorianos. Estos hombres, de gran longevidad, luego se convertirían en la guardia personal de Garwieth, la Dama de las Tinieblas, la Ijana que se volvió cruel por amor... aunque esa historia se cuenta en la continuación de El Despertar de la Leyenda. La Traición fue tal que durante mi años ningún hombre puso el pie en la ciudad que habían erigido como capital, Dárnor, pues se consideraba un lugar maldito. En el poema pretendía, no sólo hablar del origen y llegada de los Místoner a Rodania, procedentes del Mundo Extenso, si no narrar toda su historia. Pero su fuerte era, sin duda, esa traición, ese hecho que marcó para siempre la historia de Rodania, el génesis de todo mal. El poema continuaba así:

En aquellos días
la brisa paseaba entre las oscuras ruinas; en viento silbaba
y arrastraba todo un reino que en los albores de la Edad
levantaron los Místoner sobre pilares de guerra.
Tiempo atrás, los Sabios habían pronosticado su terrible final,
pues vieron en los pozos del futuro la terrible confrontación,
lamentos y llantos de mujeres y niños,
sangre y dolor en los rostros de los Hombres.
Dárnor y Orias acabaron reducidas a cenizas;
el enfrentamiento fratricida fue cruel.
Algond era un malvado rey, hijo de Hilgond de Orias,
que poseía una ingente riqueza,
producto del saqueo y el robo constante
que con gran crueldad y menos escrúpulos había conseguido.
Sus hijas, decían, eran Ijanas,
hechiceras con su horrible pecho al hombro,
que realizaban sus conjuros en lo más profundo del Bosque de Angör.

Vemos que hasta aquí no se nos cuenta nada especialmente nuevo, aunque aparece ya uno de los actores principales, Algond de Orias. Orias era la capital del Reino de Angör, el primero de los que fundaron los Místoner. Los Sabios de los que habla esta parte del poema no son más que druidas, pero también son importantes porque acabarían convirtiéndose en los Magos de Angör, erigiendo una nueva capital, Dólendhal, y siendo decisivos en los acontecimientos futuros que vinieron después, entre ellos todo lo relacionado con la pequeña historia que se nos narra en El Despertar de la Leyenda. Como vemos, la base del poema incide en la guerra y en el dolor que causó, dolor que se mantuvo indeleble en la mente de todos los hombres hasta el fin de Rodania, como un estigma imperecedero que llevaban marcado de nacimiento. Los versos siguientes aceleran los acontecimientos y pasan por alto muchas de las desavenencias que se produjeron en el seno de los Místoner (quizá mi idea era escribirlo sin orden, para empalmarlo más adelante). Se trata, pues, de un hecho posterior, pues nos habla ya de manera subliminal de una de las divisiones entre los Místoner, la de los Nagorianos (aunque no se los menciona como tal), que habitaban en Merángör y su capital, Dárnor.

Hubo guerra entre todos,
Orias fue medio derruida por las fauces Mortales de Dárnor,
cada golpe retumbaba como un trueno en la tormenta,
enorme máquina bélica capaz de aplastar cualquier alma.
Una alianza poderosa llegó desde los abismos:
los Hombres de Piedra llegaron a tiempo,
los malvados huyeron, el rey hecho prisionero fue,
la vida perdonada le fue de antemano,
pero sus hijos cargaron con su desgracia de por vida...

Aquí concluye. Es difícil saber de qué rey se trata (no creo que fuera Algond, ya que los acontecimientos que se narran parecen ser muy posteriores a su dominio). Es un poema que incide, como digo, en los terribles y, a la larga, decisivos acontecimientos que se produjeron unos cuantos de miles de años después.

miércoles, 6 de julio de 2016

El nacimiento de Boluum

"...Hace mucho, mucho tiempo, cuando las estrellas brillaban con más libertad, hubo un rey que conoció, a través de una Anjana, el futuro que le esperaba a su patria.
       Un día de primavera, este rey, llamado Orlard, fue a cazar acompañado de su séquito por los agrestes bosques de Amnorian, el reino que gobernaba desde hacía unos años. Orlard era un cazador mediocre, y persiguió durante un rato a un ciervo al que creía malherido. Horas más tarde, desilusionado por no haber cazado a ese ciervo, quiso regresar con su séquito, pero se había perdido. Cansado ya de buscar, dio con un arroyo, y de pronto tuvo sed.
       Cuando iba a hundir sus manos en el agua para beber, distinguió reflejada en el río la temblorosa imagen de una Anjana que le observaba desde la orilla opuesta. El rey se sobresaltó y se quedó mirándola un rato.
       -¿Quién...quién sois? -preguntó algo nervioso.
       -Soy la Anjana Denice, del río Amno -contestó-, y estáis aquí porque vuestra vida y vuestro reino sufrirán un cambio profundo.
       -Es interesante lo que decís, y me gustaría de veras escucharlo, pero he de encontrar a mi séquito. Estarán muy preocupados.
       -Tranquilizaos. He detenido el tiempo, así que no temáis por este encuentro. Veréis, vuestra esposa la reina dará a luz un hijo en la noche más oscura del año. Ese niño llevará en su mente una misión: cuando sea coronado rey, levantará una gran ciudad allí donde una espada introduzca su filo en una roca. Será una noche en que haya dos lunas iluminando la oscuridad. Antes, la actual capital del reino, Amnorias, caerá en un cruento asedio a manos de los Bárdalos, que descenderán del norte esgrimiendo látigos de fuego.
       -Pero, ¿cómo podré detener esa amenaza? ¿Qué he de hacer?
       -Nada. El Destino ya ha trazado su línea, y un Mortal no puede borrarla. No olvidéis mi predicción, rey Orlard, o de lo contrario vuestro reino caerá en las Tinieblas.
       La Anjana desapareció y Orlard nunca supo más de ella.

       Al llegar la noche más oscura, la reina tuvo un hijo de piel cetrina y ojos negros como las plumas del cuervo. Le llamaron Érgond. Ese niño creció, y con el paso de los años se convirtió en un digno sucesor de su padre.
       Tiempo después, Orlard, que estaba en las puertas de la agonía, llamó a su hijo, al que todavía no había contado lo que le dijo la Anjana.
       -Hijo, hijo mío -dijo con la voz quebrada-, ya eres un hombre, un hombre que pronto será rey de Amnorian. Ha llegado el momento de confesarte algo que llevo callando mucho tiempo, y que debes saber sin más tardar, pues veo la muerte al fondo de esta habitación.
       -¿Qué es, padre?-preguntó impaciente.
       -Verás, hace muchos años...
       Y Orlard le contó todo cuanto sucedió.

        Días después, el rey moría en su lecho, al lado de su esposa, que lloró amargamente. Toda Amnorias lamentó la muerte de su señor, pero estaba dispuesta a recibir al nuevo monarca con todos los honores. Érgond fue coronado rey cuando la primavera teñía de colores los campos de Amnorian, y juró defender el reino hasta la muerte.
       Sin embargo, pronto tuvo que demostrar si su promesa era cierta, pues las hordas bárdalas invadieron Amnorian. El nuevo rey había preparado un poderoso ejército capaz de frenar la amenaza que descendía del norte, pero el enemigo arrasó a sangre y fuego el reino de punta a punta, y su capital, Amnorias, quedó parcialmente destruida en un terrible asedio que duró años. Érgond fue hecho prisionero, y cumplió su condena en los terribles calabozos de Ordosh, la fortaleza-capital de los Bárdalos. Allí conoció a Brúnther, un hombre de la raza de los Argundios, que el reino de Akadlath quería aniquilar a toda costa. Entre los dos urdieron un plan que les permitió escapar cuando estaban a punto de morir. El rey bárdalo Urlad, el Conquistador, mandó prender a los dos fugitivos por todos sus territorios, pero no consiguió apresarlos.
       Érgond y Brúnther llegaron hasta Amnorian, no sin antes librar algunas batallas con los esbirros de Urlad. Al llegar se encontraron con un reino devastado, donde los Bárdalos se movían a sus anchas y cometían toda clase de excesos: robos, violaciones, asesinatos, etc.
       Con los ojos cargados de furia, Érgond reunió a buena parte de su pueblo y logró ocultarse en Duathelgand. Esta fortaleza, situada al oeste de Amnorian, la levantaron los Argundios hace mucho, pero tuvieron que abandonarla cuando los Bárdalos iniciaron sus incursiones en Argungör, el reino de Brúnther. En Duathelgand, Érgond se hizo fuerte, y consiguió forjar muchas armas para combatir al enemigo invasor.

        Una noche, el dios Wot se le apareció en sueños a Érgond. Le dijo -o más bien le ordenó- que no cumpliese la misión que le había encomendado su padre, y si desafiaba su voluntad divina sería castigado. Por el contrario, si obedecía su orden, le concedería la inmortalidad, y un lugar en los Sitiales del Agör, donde se decide el destino de los mortales. Pero Érgond no aceptó las condiciones del dios Wot, y a la mañana siguiente partió con Brúnther en busca de una espada capaz de introducirse en una piedra. Consigo llevaría una escolta de veinte hombres para que la misión tuviese más posibilidades de éxito.
       La intención de Érgond era conseguir una espada sílfica, las únicas con el poder suficiente como para penetrar en cualquier superficie. El viaje los llevaría hasta el Bosque de Brand, situado en la Baja Cuma, al sur de las Tierras del Sur. En tal bosque vivían los Silfos Blancos, poseedores de una magia propia de dioses.
      Iniciaron el viaje a finales de noviembre, cuando el invierno acechaba ya oculto entre las Altas Montañas, cuyas faldas mostraban la capa de fina nieve que la noche había dejado. Los caballos avanzaron entre la escarcha, comandados por Érgond, que portaba su fría cota de anillos parcialmente oculta por un jubón azul. A su lado iba Brúnther, que llevaba las riendas de un hermoso corcel de la célebre Raza Orgullosa de Amnorian. Por fortuna no recibieron ataques de los Bárdalos, más preocupados de beber y organizar fiestas que de combatir.
       El invierno se dejó sentir cuando se acercaron a las primeras estribaciones de las Altas Montañas, el primer escollo que debían pasar. Unos jirones blanquecinos se descolgaron de las nubes, barrieron toda la región y dejaron tras de sí un palmo de nieve fresca que cubrió la débil escarcha. Comenzaron a ascender por las lomas de la cordillera, zigzagueando; el frío era muy intenso, y los caballos exhalaban vapor por sus bocas y narices. Pronto tuvieron que dejarlos, pues no podían cabalgar por la nieve, que se acumulaba en los ventisqueros en cantidades inmensas. Los nubarrones negros no desaparecían para su desgracia, y descargaron una importante nevada que casi los obliga a retroceder. Dos hombres murieron congelados, y ni siquiera pudieron cavar en su honor una tumba, pues no podían detenerse y arriesgarse a morir ellos también. Además, no había manera de encender un fuego, pues los maderos que habían traído para tal fin estaban tan húmedos que ni las llamaradas de un cúlebre los hubiera podido consumir.
       Érgond pensó, sin duda, que Wot tenía algo que ver con aquello, y que de alguna u otra manera había hecho reventar las nubes para que el camino les resultara más dificultoso. Aunque pareciera que no terminaban nunca, las montañas tenían un fin, un fin al que llegaron cuatro días después, en un verde valle poblado de pinos y abetos por donde corría un arroyo de aguas límpidas.
       -Allá abajo está Brand -señaló Érgond-. Recibiremos pronto su calor.
       La compañía descendió por los verdísimos campos de la Baja Cuma. El País de Brand no estaba lejos, aunque todavía tuvieron que enfrentar un nuevo peligro: ojáncanos. Ninguno sabía de la existencia de estos seres tan al sur, e inconscientemente se detuvieron a pasar la noche en un bosquecillo habitado por ojáncanos, cuyas cuevas estaban bien camufladas. La compañía se percató de un terrible hedor que venía de los alrededores, pero pensaron que se trataba de un animal muerto. Bien entrada la noche, los ojáncanos salieron a cazar, como era habitual en ellos. Portaban antorchas y enormes trancas armadas con una punta de hierro capaz de desgarrar la piel de cualquier animal por dura que fuese. Los soldados de Érgond dormían, y no habían puesto a nadie para que vigilara. Los ojáncanos olieron la carne fresca y rodearon la zona. Al grito del jefe atacaron sin compasión a los viajeros, que se vieron sorprendidos. La batalla fue tremenda, y sólo diez hombres salieron con vida, entre ellos el propio Érgond y Brúnther. Toda la noche corrieron sin rumbo fijo, y parte del día siguiente, hasta que dieron con otro bosque, mucho más grande y sobre todo mucho más hermoso. Era el célebre Bosque de Brand.
       Los diez entraron temerosos, pues no se fiaban ya de nada ni de nadie. Pronto unos Silfos los avistaron y salieron a su encuentro. Habían oído hablar de Érgond y sus aventuras, así que los recibieron cordialmente. Allí conocieron a los Señores de Brand, Erwieth e Isiim, que tantas canciones habían inspirado. Al contarles el motivo de su viaje, no dudaron en ofrecerles ayuda. Forjaron una espada para ellos, de nombre Lúthil, cuyo poder sólo era superado por la legendaria Deswath, quizá la espada más poderosa que jamás ha habido en Rodania (con permiso de Bétherend). Los Silfos Blancos los acompañaron hasta el puerto de Terach, donde cogieron un barco para no tener que cruzar de nuevo las montañas. Las velas de la nave que eligieron eran de hilos de oro, y los amarres de plata; la madera recién barnizada estaba, y los remos la empujaban a la velocidad del viento, que soplaba muy fuerte de poniente. Una terrible tormenta se desató en pleno mar; las olas pasaban por encima del barco, y tuvieron que recoger las velas para que no se rasgasen. Érgond no dudó que Wot de nuevo estaba detrás de todo esto, pero no se rindió, aun cuando la nave giró sobre sí misma y murieron tres hombres y dos Silfos. Érgond desafió a Wot logrando mantener la nave a flote. Rodearon la Península de Ponthian y arribaron a las costas de la Alta Cuma, cerca del Delta del Karonwath.
       Habían tenido muchas bajas, pero el objetivo estaba cumplido. En Duathelgand se hablaba de la muerte del rey y el resto de expedicionarios, pero estos estaban ya en las proximidades del Lago Oscuro, donde la noche se les echó encima. Entonces Érgond divisó en el cielo dos lunas de pálida luz, dos luces que indicaban el lugar en el que debía nacer la nueva capital de Amnorian, como así había predicho la Anjana y así su padre se lo había contado. Érgond desenfundó a Lúthil, y, en la primera roca que halló, hundió su filo, que al contacto con la piedra hizo que brotara una luz intensísima, tanto que cayeron al suelo casi cegados por su resplandor. Cuando despertaron por la mañana, vieron que estaban rodeados por un gran muro, y dentro del muro había algunas casas y un palacio. La profecía se había cumplido.
      
        Los Bárdalos se enteraron de la existencia de un foco resistente en Duathelgand. Allí mandó Urlad a sus huestes, pues quería destruir todo poso amnoriano que quedase en sus dominios. Pero Érgond llegó antes a Duathelgand, y logró sacar a todos sus súbditos de allí y llevarlos hasta la nueva ciudad. Cuando los Bárdalos tuvieron noticias del suceso, fueron a destruir la ciudad, tanto era el odio que sentían por los Amnorianos. Todo el ejército cargó contra los muros, pero eran tan grandes y poderosos que nada pudo derribarlos. Con las armas que habían forjado tiempo atrás, los Amnorianos, dirigidos por su rey Érgond, atacaron a unos desconcertados Bárdalos, que se vieron impotentes ante la nueva fortaleza. Las lanzas y las flechas volaron; las espadas brillaron y se mezclaron con la sangre. Tras varios días de lucha, los Bárdalos se retiraron ante la rabia de Urlad.
        En la nueva ciudad se celebró por todo lo alto la victoria sobre los Bárdalos. Allí el rey bautizó a la ciudad con el nombre de Boluum, Ciudad Amurallada en Lengua Ancestral, y todos los habitantes del reino lo aprobaron con júbilo. Así, Boluum se convirtió con el paso de los años en la ciudad más importante del Sur..."

lunes, 4 de julio de 2016

Comienza la aventura. Gracias, aladinos.

Así es, comienza la aventura del crowdfunding. Porque es una aventura. Arriesgada. Me juego mi credibilidad, como escritor y como persona capaz de afrontar un reto. Pero no conseguirlo no sería un fracaso. Una decepción, sí, pero nunca un fracaso.

       Cuando decidí afrontar este reto no sabía muy bien dónde me metía. Lograr reunir a un grupo tan grande de personas para que te apoyen no sólo supone un reto, también una responsabilidad: he de responder por ellos y ante ellos. Serán partícipes, además, del proyecto desde su comienzo, verán crecer a la criatura -de producirse el nacimiento final-, desarrollarse y convertirse en una novela, en un sueño. Porque quizá lo que ahora esté viviendo sea el sueño de un sueño. No me gusta llamarlos -llamaros- mecenas; sois más bien mis "aladinos": habéis frotado la lámpara y ahora toca que el genio me conceda el deseo.

       Queda mucho aún, nos estaremos -y hablaré en primera persona del plural- moviendo en el filo de la navaja, habrá momentos de angustia, de esperanza, de miedo, de ilusión, de euforia, de tristeza... Una gran bola de sentimientos varios que nos harán vivir un mes muy especial. Porque creo que entre un autor y sus aladinos se forja un vínculo muy especial, un vínculo cuyo último fin será la publicación de la novela, pero que, ni mucho menos, acabará ahí: espero que muchos de vosotros, aladinos, acabéis siendo mis amigos -muchos ya lo sois de hecho.

miércoles, 29 de junio de 2016

En la rama de un árbol...

En la rama de un árbol vivía una hoja. Era una hoja como otra cualquiera; no tenía nada que la distinguiese especialmente de las demás. Bueno sí, era algo más pequeña que la mayoría. No se acordaba demasiado de su nacimiento, en el lejano mes de marzo; sólo que hacía frío, mucho frío, y que había caído una helada tremenda que casi la mata. Pero logró resistir, no como algunas de sus hermanas que no corrieron esa misma suerte.
       El árbol en el que vivía era un roble, un alto, frondoso y fuerte roble que crecía a la orilla de un río. Nuestra hoja residía hacia el medio, tomando la quinta rama a la izquierda si lo mirabas desde el sur; si lo mirabas desde el norte, obviamente era al revés. En esa gran rama, que salía del tronco principal, había otras muchas quimas, y en cada quima, cientos de hojas. Algunas estaban enfermas: o bien tenían una parte seca, o bien les faltaba un lóbulo, o por el contrario era su pecíolo el que se encontraba roto (éstas por lo general no solían sobrevivir muchos días). Pero la mayoría de las hojas gozaba de buena salud. La ilusión de casi todas era llegar hasta los primeros días fríos, cuando el helado viento del norte atacaba sin piedad los bosques caducifolios.

       Era por entonces el final del verano, una fecha en que las hojas de los árboles empiezan ya a ponerse guapas y se tiñen de vivos colores para recibir a su amante: el otoño. Todas estaban muy excitadas; las más madrugadoras, que por lo general eran también las más coquetas, se burlaban de las más tardías, a las que despreciaban. Se producían muchas veces verdaderas batallas entre estas hojas, y desde abajo se escuchaban las voces y los gritos en forma de susurros. Pero esto suele pasar desapercibido para nosotros, los humanos, que no vemos más allá de nuestras narices. Creemos que porque la madre naturaleza nos ha concedido ciertas ventajas sobre los demás seres vivos, eso nos da derecho a menospreciarlos y a pensar que de ninguna manera existen otras sociedades aparte de la nuestra. Las hojas precisamente nos observan, aunque no nos demos cuenta, y nos temen, nos temen muchísimo; somos sus principales enemigos, muy por encima de las orugas o los herbívoros.
       Pero continuemos con la historia de nuestra hoja, que todavía no se había preparado para la llegada del muchachote otoño. Su limbo era aún verde como la esperanza, y ello unido a su pequeño tamaño, la convertían en la burla de su rama.
       -¿A qué espera para teñirse? ¿A que venga una ventolera y se la lleve? –comentaban-. Hay algunas que están en los árboles por estar.
       Pero esto era, naturalmente, envidia. Envidia porque el roble la quería muchísimo, pues le solía enviar más savia que a ninguna. Entonces, si por la mañana caía rocío, entre todas las demás se juntaban para que no le llegase nada (el rocío de la mañana resulta una delicia para las hojas); y si a media tarde el sol calentaba de justicia, se apartaban con toda la mala leche del mundo para ver si le daba una insolación. Y luego se reían a carcajada limpia.

       Un día se levantó un viento terrible, casi huracanado. Todas las hojas se pusieron histéricas, chillando como locas, pues ninguna quería abandonar el árbol antes de recibir al otoño, que además aquel año parecía retrasarse. Nuestra hoja se aferró a su rama, pero como su pecíolo era tan delgado y débil, una ráfaga fortísima acabó separándola del roble y comenzó a volar y a girar.
       Al principio estaba muy asustada, pues temía estrellarse contra otros árboles, o contra el suelo, o contra el tejado de alguna casa, pero pronto le cogió el tranquillo y aprendió a controlar las corrientes de aire. Se elevó mucho, muy por encima de las chimeneas, y atravesó bosques monótonos e inmensos de árboles feos y malvados, de esos que llaman eucaliptos; y deseó con todas sus fuerzas no caer allí y pasar el resto de su corta existencia rodeada de tan crueles enemigos de los bosques caducifolios.
       Sin embargo, a medida que adquiría cierta pericia, pudo esquivar estos eucaliptos, y continuó su periplo por aquella región tan extraña para ella. Pero de pronto, el viento paró, y entonces nuestra pequeña viajera descendió en círculos lentamente. Aterrizó en el jardín de una casa, junto a otras muchas hojas que lloraban desconsoladas. La suerte se puso de su lado al caer cerca de un grifo que tenía una fuga, y así pudo alimentarse y vivir mucho más de lo que hubiera imaginado en un principio. Allí estuvo algunas horas, y conoció a varios humanos. ¡Por las ramas del ciprés, qué descuidados eran! Cuando caminaban, no se preocupaban de mirar al suelo, y nuestra hoja se salvó en alguna que otra ocasión de un aplastamiento casi seguro. Una vez incluso estuvo a punto de acabar en un cesto para ser quemada después, catástrofe esta que no pudieron evitar otras compañeras.
       Hasta ese momento no se había dado cuenta de que a su lado, a sólo unos veinte lóbulos de distancia, se encontraba otra hoja alimentándose del agua que goteaba del grifo. Tenía una pequeña herida en su limbo, pero le debía causar gran dolor porque se quejaba bastante. Nuestra hoja se acercó y se interesó por ella. Se hicieron entonces muy amigas, y ambas se contaron su historia. La otra hoja no estaba allí a causa del viento; bueno, en parte sí, pues hasta ese jardín la había arrastrado una violenta ráfaga de aire. Pero el responsable inicial fue un niño humano que la arrancó de la rama de su árbol natal, un gran castaño. Y aun así tuvo suerte, pues a las demás hojas hermanas con las que compartía rama les produjo desgarros irreparables. Suponía que ya habrían muerto las pobrecillas.

       Por la tarde empezó a levantarse de nuevo la brisa. Las dos hojas intentaron agarrarse a la hierba del suelo, e incluso, en un acto de coraje, juntaron sus extremos para hacer más fuerza. Su aspecto ya comenzaba a tener un tono marrón oscuro, y eso indicaba que el fin de la vida para ellas estaba cercano; pero aun así no querían separarse, pues de veras se necesitaban las dos. Sin embargo, pronto el viento comenzó a soplar con más intensidad, hasta que irremediablemente volvieron a volar. Lamento decir que se alejaron para siempre.
       Nuestra hoja sintió mucho desprenderse de la única amiga que quizá había tenido en su vida, y lloró amargamente, pero debía seguir adelante. Estuvo surcando el cielo casi toda la noche. Algunas veces, cuando la furia del viento se aplacaba, descendía lentamente en círculos hasta posarse sobre algún tejado o incluso algún árbol, pero esto pasaba enseguida. Con las primeras luces del amanecer, ya sedienta y cansada, nuestra sufrida amiga aterrizó encima de una piscina, que estaba situada en el extenso jardín de una gran casa. Al menos pudo alimentarse un poco, aunque aquella agua tenía un sabor ciertamente amargo. Hacia media mañana salieron al jardín los dueños de la casa, humanos por supuesto, y se tumbaron a tomar el sol; por allí rondaba también un niño.
       El mocoso se lanzó a la piscina sin mirar siquiera quién había en ella. Unas olas gigantescas se formaron entonces, y nuestra hoja fue engullida de pronto por aquella terrible Caribdis. Comenzó a hacer esfuerzos extraordinarios intentando salir a la superficie, pero se encontraba muy cansada luego de haber estado volando durante buena parte de la noche. Exhausta, agotada del todo, se dejó ir al fondo de la piscina. Pensó sin duda que ése era su fin, que ya nada tenía que hacer en este mundo. Sin embargo, el mismo niño que la había intentado ahogar pasó buceando muy cerca, y nuestra entrañable protagonista hizo un esfuerzo final para aferrarse a su bañador.
       El precoz nadador salió al rato de la piscina, y con él la hoja superviviente, que instantes después se despegó del bañador y fue a parar al suelo, donde seguía estando expuesta a un sinfín de peligros.
       Mientras, el niño le dijo algo a su madre:
       -Mamá, se me ha salido un hilo del bañador. ¿Qué hago?
       -Tíralo donde la ropa vieja, la del mes pasado, para dárselo a los indigentes.
       -Mamá, ¿qué es un indigente?
       -Un indigente es un pobre, esos seres a los que regalamos lo que nos sobra a los ricos para limpiar nuestra conciencia.
       -Mamá, ¿y qué es la conciencia?
       No hubo respuesta de la mamá.

       De repente, nuestra hoja advirtió una nueva y terrible amenaza que se aproximaba: una escoba, que portaba irresponsablemente una señora vestida de negro y blanco. ¡Zis zas! ¡Zis zas! Desde un lado hasta otro del inmenso jardín pasaba aquella escoba homicida, llevándose por delante todo lo que encontraba en su camino. Además, levantó tal polvareda que casi deja sin respiración a nuestra cansada compañera de aventuras, que en un nuevo arranque de coraje pudo esquivar las feroces acometidas de semejante ariete; y no solo eso, sino que con el aire que produjo la escoba al barrer, se elevó de nuevo y consiguió escapar de aquella prisión de tortura.
        Voló sobre los tejados de unas casas todas iguales; luego lo hizo entre altos edificios en los que incluso podía verse reflejada, y donde no había nada de verde: ni árboles, ni hojas, ni hierba. Y pensó sin duda que aquel era un lugar muy gris y triste, y tuvo miedo entonces de que el viento parara y la depositase allí mismo. Sin embargo, no sucedió así, y continuó volando y volando durante largo tiempo –o al menos eso le pareció a ella-, para más tarde descender delicadamente en un lugar mugriento, donde había también humanos; pero estos no tenían nada que ver con los que había conocido antes: estaban vestidos de forma distinta, con ropa sucia y rota, o llena de remiendos en el mejor de los casos. De pronto, sintió un terremoto a su alrededor, y al rato se vio, junto con otras muchas hojas, haciendo de cama para uno de esos humanos que moraban allí.
       A la mañana siguiente despertó al lado del humano. Sentía un frío gélido, y ni siquiera le aliviaban sus compañeras, que tenían tanto o más frío. Unos instantes después se oyeron unas voces. Varios humanos más se acercaron hasta el que yacía al lado de nuestra hoja. Parecían asustados. Le zarandearon pero no despertaba. Poco después se escuchó un sonido agudo, muy penetrante, y unas extrañas luces parpadeantes aparecieron tras él. Nuevos humanos más, éstos vestidos de blanco, se llevaron a aquel individuo que no había abierto la boca en toda la noche. Nuestra hoja se preguntó qué harían con él, si es que aún se podía hacer algo.
       Entonces, más tarde, un rugido ensordecedor se apoderó del lugar. Todo el suelo temblaba, como si fuera a abrirse una profunda grieta por donde se precipitaría nuestra querida amiga. A continuación surgió otro ruido muy diferente, como de una lluvia torrencial, un sonido éste que le era bastante conocido porque le recordaba las tormentas de verano. Pero al parecer no se trataba de lluvia, no: era una especie de chorro de agua que lo barría todo con gran virulencia; y la zarandeada hoja recibió el impacto directamente, elevándose del suelo unos cuantos metros hasta que de nuevo voló hacia las nubes.

       Y así pasaron las horas, y nuestra entrañable amiga siguió dando tumbos de un lado para otro, viajando entre hormigón y ruidos, descendiendo y ascendiendo según la fuerza con la que soplase el viento, contemplando rostros de la más variada índole, unos felices, otros tristes, la mayoría con expresión indiferente; hasta que, cansada, de veras exhausta, fue a parar al linde de un pequeño bosque, cerca del tronco de un joven abedul, que inmediatamente sintió cariño por la recién llegada. Haciendo una especie de cuenco con una de sus ramas, el abedul recogió un poco del rocío de la mañana y se lo ofreció, algo que nuestra querida amiga aceptó de buen grado, aunque de poco o nada le iba a servir ya a estas alturas.
       Pero no hemos de sentirnos tristes por este esperado final, pues con el paso de los días fue descomponiéndose, y eso sirvió para que el abedul comenzase a crecer alto y fuerte; así que nuestra sufrida compañera de cuento no murió en realidad, sino que su esencia, su alimento, pasó a ser la savia del abedul. Y cuando el abedul se secó muchísimos años después, también se descompuso, y sirvió a su vez como alimento para nuevos árboles y flores. Pues en la naturaleza nadie muere nunca de verdad.

El Viejo y el Mar

"(El viejo) Siempre decía: la mar, como la nombra la gente que la ama, como mujer. A veces los que aman hablan mal de ella, pero siempre como si fuera mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, que usaban boyas y flotadores para las cuerdas y que tenían planchas de motor, compradas cuando el hígado de tiburón les dio mucho dinero, le decían el mar, en masculino. Hablaban del mar como un contrincante, un lugar o incluso un enemigo. El viejo siempre la veía como algo femenino, que retiene o da grandes favores; si hacía cosas malignas o tremendas era porque no lo podía evitar. La luna la afecta como si fuera mujer, pensó."
Este es mi fragmento favorito de una de las obras más grandes de la literatura universal de todos los tiempos, El Viejo y el Mar, de Ernest Hemingway.
ARGUMENTO DE LA NOVELA
Santiago es un viejo pescador que arrastra una prolongada mala racha. Traba una amistad inquebrantable con un muchacho, Manolín, que también quiere dedicarse a la pesca. Ambos aprenden uno del otro: el muchacho bebe de la experiencia del Viejo, mientras que éste absorbe toda la energía de la juventud que destila su amigo. Los dos pasan el tiempo hablando de pesca y de béisbol. Un día, el Viejo se hace a la mar, solo, pues Manolín "ya estaba en un bote con suerte". Poco a poco, navegando en su frágil embarcación, se adentra en el mar. Su suerte de pronto cambia, y atrapa un enorme pez espada que, debido a su tamaño, no puede subir a la barca, así que lo arrastra como puede y lo ata a un costado. Pero el viaje de vuelta se hace tan largo que los tiburones acaban devorando la pieza ante la impotente mirada del anciano. Cuando llega a puerto, no queda del pez más que el esqueleto.
Se trata de una novela que habla de la lucha del hombre contra los elementos, contra la mala suerte y contra el mismo tiempo. Al parecer, Hemingway se inspiró para el personaje de Santiago en un pescador canario residente en Cuba, país en el que tenía una casa y pasaba largas temporadas.
EL AUTOR
Ernest Hemingway no fue un escritor muy prolífico. Empezó ejerciendo de periodista, trabajo que le llevó por varios puntos del planeta y a vivir dos guerras: la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Fue un gran enamorado de España y de sus tradiciones, que le sirvieron de inspiración para sus novelas Fiesta y El Verano Peligroso, centradas en el mundo de los toros. Pero tal vez sus obras más famosas sean Por Quién Doblan las Campanas y El Viejo y El Mar. Precisamente esta última fue decisiva para que ganase el Pulitzer en 1953 y, al año siguiente, el Nobel. Criticado tanto como alabado, se encerró en sí mismo, y en los últimos tiempos sufrió de alcoholismo y depresión. Según los que trabajaron con él, adolecía de disciplina a la hora de trabajar, aunque quizá eso lo suplía con un talento innato y una maestría sin igual en la redacción de textos que le valió el reconocimiento general contemporáneo y, sobre todo, póstumo. Se suicidó de un disparo en 1961.
INFLUENCIA EN MI OBRA
No se puede decir que ninguno de sus trabajos haya ejercido una influencia concreta en mis escritos. En cambio, el estilo de El Viejo y el Mar, alejado de toda retórica baldía, sí que me hizo en su momento replantearme mi manera de redactar y de corregir. Hemingway fue un maestro a la hora de reducir los textos a su mínima expresión, dejándolos en los puros huesos como el pez de Santiago. No encontraremos en este libro, pues, castillos gramaticales ni florituras del estilo de "que impúberes canéforas te ofrenden el acanto", verso de Rubén Darío que, dicen, Lorca se levantó cuando lo estaban recitando y protestó porque sólo había entendido el "que". Por tanto, a partir de leer esta obra inmortal, mi objetivo se centró en escribir con más sencillez, una sencillez tan complicada de lograr como agradecida de leer. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que hubo un antes y un después en mi estilo, y eso es algo que valoro y reconozco.